Ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro.
– Romanos 8:39.

Dijo un soldado a su Teniente.
Mi amigo no ha regresado del campo de batalla señor.
Solicito permiso para ir a buscarlo.
Permiso negado le dijo el Teniente.
No quiero que arriesgue su vida por un hombre que probablemente ha muerto.
El soldado no haciendo caso de la prohibición, salió y regresó una hora más tarde mortalmente herido, transportando el cadáver de su amigo.
El Teniente estaba furioso, – ya le dije que había muerto ¡¡¡ –
Dígame, merecía la pena ir hasta allá para traer un cadáver? El soldado moribundo respondió: – claro que sí señor,
Cuando lo encontré todavía estaba vivo y pudo decirme, “estaba seguro que vendrías”. –
Amigo es aquel que llega cuando todos se han ido.

La idea de amistad entre Dios y los hombres se origino con Dios mismo.

“Amamos a Dios por que Él nos amó primero.” – 1 de Juan 4: 19

Si Dios no hubiera dicho primero “ustedes serán mis amigos”, seria necedad para cualquier hombre decir: “soy un amigo de Dios”.
Pero ya que Dios mismo reclama nuestra amistad, es un acto de incredulidad rechazar o ignorar este pedido.

Igual que toda otra relación que afecta la inteligencia moral humana, la amistad con Dios acepta varios grados de relación, desde la meramente formal, hasta la más íntima.

Todos conocemos personas a las cuales podemos llamar amigos cuya amistad es tan difícil y tenue que apenas soporta una presión y se rompe.

Pero hay amigos también, generalmente unos pocos, cuya amistad ha sido probada con fuego a través de una larga experiencia y por muchos años, que es casi imposible de romper.
Aun cuando sean radicalmente diferentes el uno del otro, dos personas pueden tener una amistad durante mucho tiempo, porque no es requisito de la amistad verdadera que dos personas sean perfectamente iguales.

Es suficiente que sean iguales en el punto donde sus personalidades se tocan.
Armonía es igualdad o semejanza en los puntos de vista, y amistad es semejanza e igualdad en los sentimientos.

Por esta razón la amistad de Dios con el hombre es enteramente lógica y creíble.
El infinito Dios y el hombre mortal pueden unir sus personalidades en la más íntima y grandiosa amistad.
En tal relación no cabe la idea de igualdad, sino la de afinidad, en la cual el corazón del hombre se identifica con el corazón de Dios.

Esta afinidad es posible basada en el hecho de que Dios hizo al ser humano a su imagen y semejanza, y ahora lo está llamando para que recupere aquella imagen perdida por el pecado.
Nada en los cielos, en la tierra, ni en lo profundo puede apartarnos del amor y amistad de Dios. Que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Ahora nos corresponde a nosotros, debemos tratar y ver que nada, ni nadie en la tierra nos aparte de la grandiosa amistad de Dios.

Jesucristo, también dice en los evangelios:
“El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mi.” – Mateo 10:37 / Lucas 18: 29-30

Por tanto uno no debe aferrarse ni a las personas, los hijos, menos a las cosas o actividades.
Eso no es sano, no es de Dios, estamos creando un ídolo de una persona, una cosa, una actividad.
Hace unos días vi un letrero que decía “el éxito en los negocios, no justifica el fracaso en el hogar“.

Así que no nos aferremos a personas, cosas o actividad porque va a ser doloroso dejarlo.
Amor es ausencia de miedo.
Los celos expresan el temor, el miedo que yo tengo, porque pienso que el otro me va ha ser infiel, porque yo soy infiel y no solo con una persona, sino también con una actividad o cosa.

Miren lo que se dice del ‘apego’ o de ‘aferrarse’.
El apego es como tratar de comprender el mundo mirándolo a través del ojo de una cerradura, en vez de abrir la puerta de par en par.
Recordemos que todo lo adquirido puede perderse, porque todo es efímero, y el apego es la causa de nuestro sufrimiento.
Una persona audaz, libre y realizada es un ser que le ha ganado la batalla a los apegos a los miedos y a la soledad.
La persona que se hace cargo de si misma no requiere de niñeras que le cuiden, ni guardianes porque no le teme a la soledad, si no que la busca.
Entre dos personas que se aman, el silencio habla hasta por los codos.
Las personas autorealizadas no son posesivas, son independientes y fomentan la honestidad interpersonal, no necesitan tanto el apego y el aferrarse, porque la pérdida y la terrible soledad ya no les asustan.

Por todo esto, y más, busquemos que nuestra amistad con Dios crezca cada momento más en intimidad con Él.


Dios le guarde en Su amor y le llene de bendiciones.
H. Ricardo Proaño G.
@HRICPG

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