La niñita creció en un hogar de clase media, donde los secretos quedaban encerrados para siempre. Creció donde era un pecado hablar de lo vivido, porque las lágrimas no eran permitidas y debían esconderse. Vivió sus primeros añitos de vida, llevando por dentro la imagen de un padre vicioso que depositaba en ella y en su madre la violencia y su propia amargura.

Ella creció, mientras su madre se escondía en sus propias lágrimas. Creció cuando su madre salía huyendo de la casa, llevando debajo de sus alas, a sus hermanos más pequeños. Ella, creció débil, humillada y llena de miedo.

Luego de un largo tiempo, cuando su padre, se había encontrado con Dios, y había cambiado su vida, fue que la niña se paró al costado de una gran multitud, que se encontraba escuchando lo que su papa hablaba de como Jesús, había influenciado en él, y como su vida había cambiado totalmente, desde que llego a conocerlo.

El padre de la niña explicaba con dulzura, como Jesús lo había salvado y como lo había rescatado de su anterior estilo de vida como alcohólico. Pero mientras el hombre hablaba, no falto un tipo, de esos que se dicen ateos, y que lo saben todo, uno de esos, que no aguantan escuchar los temas religiosos, quien cobardemente comenzó a gritar:

¡Callen a ese soñador!  ¡No le hagan caso!  ¡Está soñando! ¡Solo es un soñador! ¡Mentiroso!.

De pronto el insultador sintió un tirón en la manga de su saco, y al mirar hacia abajo, vio a la pequeña niña, que mirándolo fijamente le decía: “Señor, ese al que usted insulta: es mi padre, ese al que usted le dice que es un soñador, es mi papito” y continuo:.

Déjeme contarle acerca de ese viejo soñador, que usted ataca. Mi padre fue un borracho de todos los días, y cuando regresaba a casa por las noches, siempre le pegaba a mi mamita, y a nosotros. Mi mamita se la pasaba llorando toda la noche, y dormía debajo de una grada. Nosotros nunca tuvimos buena ropa, porque mi padre se la gastaba en aguardiente. Yo jamás tuve zapatos para ir a la escuela, y ahora mire estos lindos zapatos que tengo, mire este vestidito, también me lo compro mi papito, porque ahora tiene un buen trabajo, y puede ahorrar.

Luego la niña, señalo al otro lado de la calle, y dijo nuevamente: ¿Ve usted, a esa señora que está sonriendo? Ella es mi madrecita, ahora vive feliz, porque ya no llora todas las noches, ahora canta, ahora vive. Por ello, le pido un favor, si mi padre es un soñador, si él está soñando; NO SEA MALITO, NO LO DESPIERTE POR FAVOR. ¡Déjelo soñar!

de   Gonzalo Sotomayor Palacio.

Éxitos y bendiciones

Ricardo Proaño

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